mayo09
Se me ocurren pocos autores que haya leído que no hayan hecho referencia a la descripción de un paisaje o escena desde una ventana. Se me ocurren pocos que no lo hayan hecho, pero tampoco muchos. Ni tampoco se me ocurren muchos nombres de los que sí, lo dejaremos en poco.
Vivo en un piso situado en Carolina Coronado, una larga avenida que lleva a la estación de tren. Afortunadamente en esta casa he dormido en dos habitaciones, ambas contiguas, cuando era más pequeño dormía en la que hoy es la de mi abuela. Hoy duermo exactamente donde en un principio estuvo el salón-comedor. Ambas habitaciones tienen grandes ventanas que dan a la avenida, a un cruce de calles, ya que mi piso es justo una esquina del edificio. Las ventanas son grandes aunque la de mi abuela es más accesible a la calle que la mia, ya que el escritorio donde escribo está justo debajo de la mía y no puedo asomarme con facilidad.
En estas noches donde ya, ahora, aprieta el calor. Cuando las persianas se alzan hasta los topes y el estor se alza como acompañándolas. Una pequeña luz de flexo ilumina la madrugada en mi habitación, tenue, como a medio hacer. Mientras escribo estas entradas o simplemente navego en internet, se me escapa de vez en cuando un ojillo a la calle y veo un micromundo.
Es curioso como me puede desvelar de lo que estoy haciendo el más mínimo rudio extraño que escucho en la calle. Me entra la angustia de saber qué pasa. A veces solamente miro por mirar y me encuentro muchas veces con los mismos patrones.
De madrugada hay vida también, mucha, tranquila, pero mucha. Pasan coches incesantemente. Al ser una avenida y confluencia de calles no pasan unos cuantos minutos sin que se cruce un coche ante mi vista. A veces cuando estoy con la luz apagada es el semáforo que hay justo enfrente el que me desvela cuando cambia de color, la única luz constante es la farola que hay también justo enfrente.
Las calles no estan desiertas, siempre hay gente que viene y va. Bueno, en realidad no se si vienen o van, porque no conozco su destino. Pero puedo asegurar que algunos vienen y otros van, porque es tan claro que no puedo negarlo que unos llegan y otros se van a otra parte. De madrugada las caminatas son sosegadas, casi que no hay prisas, si es un paseo se habla muy bajito casi susurrando, calma pura. Se medita muy bien de noche, y estas noches invitan a pasear o simplemente a sacar al perro. Hasta los gatos, los perros y los ratones salen de debajo de los coches para indagar en la madrugada.
Nunca hay un par de días distanciados en que no cruce un borracho la calle, y es que ¡qué coño! Cualquier día es bueno para olvidar las penas o para disfrutar con los amigos. Pandillas que vienen del botellón, o que van de fiesta después de haber hecho botellón en casa, el típico vagabundo, el viejo verde o el cuarentón pagafantas. Da igual, cualquier día es bueno, ¡qué coño!
Si bien las calles tienen este dulzor, también tiene su amargura. Para algunos la madrugada se convierte en sombra para delinquir. No muy amenudo, pero de vez en cuando hay algún vándalo pegando puñetazos por ahí a los contenedores, a los coches, o a las cabinas. También cada cierto tiempo suele haber alguna discusión. Justo debajo de casa tengo una cabina telefónica, la cual no funciona bien, la parte izquierda de la cabina a veces se tragaba las monedas y la gente se liaba a darle golpes a altas horas (de estas cosas hablaré en otro post). Pero de vez en cuando se oyen voces en esa cabina, que incluso me creo que es alguien hablando sólo, pero en realidad están hablando por teléfono, me alertan sobre todo cuando se oyen gritos y discusiones telefónicas que algunas mejor ni escuchar o hacer oídos sordos porque vaya tela.
No me suelo asomar a no ser que ocurra algo realmente grave en la calle como para alertarme, no me considero un caso de ventana indiscreta, simplemente me gusta observar comportamientos, ver situaciones graciosas y dramáticas, o observar los coches que pasan. Cuando más me gusta la calle es cuando está desierta, sin que pasen coches ni gente y no se vea ni un alma en los balcones, así me creo que estoy sólo realmente en la ciudad, que no hay nadie y estoy junto a mi soledad. Invita a salir a dar un paseo.
Ya llega el verano, después de los exámenes lo típico será salir al balcón después de cenar o antes de irme a dormir, sentarme en una de las sillas, estirar las patas sobre algo y leer unas cuantas hojas de un buen libro. Mientras la brisa de la madrugada aliviará el calor, la luz de las farolas iluminarán mi lectura, me desvelará todo lo que suceda en la calle como cuando estoy aquí sentado escribiendo. Me sentiré sólo cuando las calles se queden vacías y me sumergiré por completo en la historia que lea.